Notas Generales
Entrevista al sociólogo Marcos Roitman
“El gran triunfo del neoliberalismo es la despolitización y la desideologización”
Mucho se utiliza la expresión “neoliberalismo” como estadio actual del sistema capitalista, pero tal vez se haya perdido de vista, debido a tanta reiteración, la esencia del concepto. La sustancia del neoliberalismo consiste en situar el “yo” por encima del “nosotros”, subraya el sociólogo chileno Marcos Roitman, quien ha participado en un acto organizado por CEDSALA-Valencia. Esto se logra después de “un proceso de despolitización y desideologización” que comienza en los años 70, se prolonga durante décadas y culmina en un triunfo cultural. El neoliberalismo genera “la idea del esfuerzo personal, independiente, castrador, de un individuo que se autoexplota y deprime según triunfe o fracase”, explica Roitman. Justamente lo contrario de un proyecto democrático y colectivo basado en el “nosotros”.
Marcos Roitman es profesor de Sociología y Estructura Social de España y América Latina en la Universidad Complutense de Madrid, colabora en el diario mexicano La Jornada, Le Monde Diplomatique, eldiario.es y Punto Final de Chile. Además de formar parte del Consejo Científico de ATTAC, es autor de libros como “Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de estado en América Latina”, “Los Indignados: el rescate de la política”, “El pensamiento sistémico: los orígenes del social-conformismo” y “Pensar América Latina: el desarrollo de la sociología latinoamericana”, entre otros. El sociólogo fue miembro de la Presidencia de Izquierda Unida entre 1989 y 1993.
-Los analistas coinciden en que América Latina vive un periodo de recesión económica. ¿Qué influencia tiene en ello la evolución en los precios de las materias primas, un capítulo esencial en la economía de los países latinoamericanos?
Los precios de las materias primas en América Latina siempre han sido muy elásticos. Ésta es una de las características que afecta a los países primario-exportadores dentro de la división internacional del trabajo, la producción y los mercados. Por el contrario, los precios de los productos manufacturados suelen crecer de una manera constante. Son menos elásticos. Pero tal circunstancia no es una peculiaridad exclusiva del mundo actual. En Chile, a principios del siglo XX, cuando el nitrato dejó de ser un producto de primera necesidad en los mercados europeos, su economía se desmoronó. Con la producción del caucho en Manaos (Brasil) ocurrió lo mismo. Nuevos descubrimientos, nuevos productos y yacimientos generan los vaivenes de precios, condicionando a gobiernos, Estados y regímenes. En definitiva, se trata de una relación metrópoli-satélite, característica del desarrollo del capitalismo dependiente. América Latina produce materias primas y los países hegemónicos fabrican manufacturas. Ésa relación se ha mantenido hasta la actualidad.
-¿No aprecias ningún cambio desde la época del imperialismo colonial? ¿Pervive el modelo sin fisuras?
En líneas generales el modelo se mantiene. Pero el capitalismo del siglo XIX, y XX, no es el mismo que el del siglo XXI. La explotación de materias primas, la agroindustria, las transnacionales mantienen su poder. Ya no son solo los latifundistas latinoamericanos quienes producen, las alianzas con las grandes multinacionales de la alimentación, Monsanto, Nestlé, determinan el proceso productivo. Aunque se produce una combinación de procesos. En Guatemala, por ejemplo, son los terratenientes ganaderos quienes siguen controlando las exportaciones cárnicas en complicidad con las empresas estadounidenses de comida rápida. Igualmente, existe un proceso de “desnacionalización” de la actividad productiva, un desplazamiento de los grandes terratenientes en beneficio de las transnacionales. Este desplazamiento explica las luchas de movimientos como el MST en Brasil, el desarrollo de la Vía Campesina y las propuestas del EZLN en México. Recuperación de tierras, biodiversidad alimentaria y lucha contra los transgénicos y terratenientes.
-¿Qué implica la aparición de actores como China y Rusia, con quienes América Latina, dicho a grandes rasgos, ha estrechado relaciones económicas? ¿Altera en algo el modelo de intercambio centro-periferia que explicabas en torno a las materias primas?
América Latina ha sido siempre un continente apetecido por sus materias primas y eso tiene una doble lectura. Supone un mecanismo de desarrollo y por otro un problema ecológico en su explotación. Pero éste no es un debate nuevo. La gran pregunta a responder es: ¿Cómo y de qué manera nos industrializamos, rompemos la dependencia en el ámbito tecnológico, científico e impulsamos la transformación productiva en América Latina, para responder a los retos de la desigualdad, pobreza y la explotación capitalista? Resulta evidente que hay nuevos socios en la región, China y Rusia. Sus intereses económicos son claros, pero entre ellos no está la desestabilización política, derrocar regímenes o potenciar bloqueos en función de afinidades ideológicas. Son pragmáticos. En esos se diferencias de los imperialismos e imperios que han estado presentes en la región. Estados Unidos, Gran Bretaña y España. Las relaciones con China, Rusia y países asiáticos como India son completamente distintas. Sin dejar de ser unas relaciones comerciales regidas por el interés, hay un factor clave que los diferencia: el respeto a la soberanía nacional. Se trata de relaciones mucho más libres o, dicho de otro modo, entre iguales.
-En 2013 escribiste tu último libro: “Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de estado en América Latina”. ¿Ha quedado definitivamente superada esta fase? ¿Existe hoy un “golpismo” que se materializa con otros métodos?
Los golpes de estado en América Latina son algo recurrente. Después de la segunda guerra mundial –en el contexto de la “guerra fría”- se promovieron a través de las fuerzas armadas. Aplicando el concepto de “guerra total”, donde toda la población era un posible subversivo, un “enemigo interno”. Todo ello en una dinámica de lucha anticomunista, contra la “subversión” marxista. Esos eran los justificantes para romper la institucionalidad política de gobiernos de izquierda y progresistas y promover golpes de Estado. Guatemala contra Jacobo Arbenz (1954), o años más tarde la invasión a República Dominicana, Paraguay con Stroessner, Brasil de Goulart, Chile con Allende, Bolivia con Banzer o Argentina con Videla. El objetivo era revertir la orientación de un proyecto político nacional, antiimperialista, democrático y anticapitalista. Hoy, el proceso neoliberal neoliberalismo puede prescindir de las fuerzas armadas, como institución hegemónica, para cambiar la dirección de los proyectos democráticos, de liberación nacional. Desde ese punto de vista, podemos considerar como un golpe de estado, el cambio del artículo 135 de la constitución española. En América latina los ejemplos son variados. Los dos últimos, Honduras, Paraguay
-¿Constituirían otro ejemplo de este nuevo paradigma golpista, los movimientos de la oposición contra Chávez y Maduro en Venezuela?
En Venezuela la oposición está articulando un proceso de desestabilización para cambiar el estado de cosas. Y eso implica un golpe de Estado donde es necesario aunar todas las fuerzas, desde las militares hasta las empresariales, políticas e internacionales. El proceso se basa en una campaña internacional de desprestigio contra el gobierno de Venezuela, y la construcción de un imaginario político que equipara al país con una dictadura donde se violan las libertades y los derechos políticos. La campaña incorpora una política interna donde el desabastecimiento, el acaparamiento, el mercado negro, se sumen a una política de bloqueo y sedición. Todos forman parte de una estrategia. Ahora bien: ¿Cuál es el problema de la oposición? Que la lógica de la constitución venezolana de 1998, garantiza todos los derechos políticos y sociales, además de la libertades individuales. Y un hecho clave, en la revolución bolivariana las fuerzas armadas han tenido y tienen un protagonismo relevante. No están frente al pueblo, están con el pueblo. Aunque, insisto, hoy los golpes de estado se producen en un contexto diferente al de la guerra fría. Las fuerzas armadas, como institución encargada de revertir procesos democráticos y de emancipación ocupa un lugar secundario. las transnacionales, los organismos internacionales y el capital financiero puede hacer caer un gobierno sin necesidad de bombardear palacios presidenciales.
-¿Qué opinas de la discusión, que en cierto modo atraviesa el continente, entre quienes priman el desarrollo de un país (aunque ello implique la explotación poco respetuosa del medio natural) y quienes anteponen criterios conservacionistas?
Hablar de “desarrollismo” me parece no entender América Latina. La cuestión es: ¿Cómo salimos del “subdesarrollo” si contamos con riquezas básicas pero no las podemos explotar? El mundo tendrá que hacerse cargo, si quiere mantener esas reservas naturales, de una financiación alternativa. Lo contrario significa condenar a un país a no utilizar sus riquezas bajo la amenaza del desastre ecológico en el medio y largo plazo. Lo sucedido en ecuador con Chevron es clara demostración de dos modelos diferentes. El nacional y el que acaba con un desastre ecológico. A mi juicio, el debate no consiste en si se explotan o no los recursos y las riquezas naturales, sino las características de esa explotación, que, nos guste o no, permite solventar problemas de vivienda, educación y trabajo. El problema es, por tanto, cómo se articula una explotación coherente, racional y sostenible de los recursos naturales que no conlleve un desastre ecológico y permita compatibilizar los derechos de la naturaleza y de los pueblos. Por ejemplo los monocultivos no están en la naturaleza, son una invención de los seres humanos que han traído muchos problemas, enfermedades, epidemias, tierras agotadas, plagas, etc. Hay siempre una alteración del espacio natural.
-Acabas de impartir una conferencia sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Otro punto capital en la “agenda” mexicana son las reformas neoliberales de Peña Nieto. ¿Constituyen un punto de inflexión en la historia económica de México?
Las reformas neoliberales en México no son algo nuevo. Aparecen en la década de los 80 con el gobierno de Miguel de la Madrid, allí se introdujeron los primeros elementos de la reforma del estado. Desnacionalización, desregulación, flexibilidad laboral y políticas para pobres. En México se habló de liberalismo “social”, para hacerlo compatible con los principios de la revolución mexicana de 1910. Sin golpes de Estado como en el cono sur y sin los militares en primera línea. Pero mediante un férreo control del aparato estatal por parte del PRI (ello implicó además la expulsión de este partido de los sectores más nacionalistas). Podemos calificar las reformas del PRI como de “primera generación”, a las que han seguido las del PAN (de “segunda generación”). Entre ambos periodos, se produce el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994. Clave para entender los procesos de lucha contra el neoliberalismo y la articulación de una nueva propuesta constituyente. Es importante subrayar que con el gobierno de Calderón (PAN), entre 2006 y 2012, el poder político pierde fuerza en favor del narcotráfico. El proceso de reformas neoliberales se traduce, al final, en una pérdida de soberanía nacional, en una primacía del poder económico sobre el poder político, que queda sometido al anterior, y en la irrupción del crimen organizado como un agente no sólo político sino económico. Se generan, además, dinámicas que culminan en la “narcopolítica”. Las reformas de Peña Nieto (venta del sector petrolífero a las transnacionales o la irrupción de la agroindustria y los transgénicos) son la culminación de este proceso. Me refiero a los megaproyectos. Los crímenes de Ayoztinapa son expresión del poder del crimen organizado con la complicidad del poder político.
-Otro país en el que se han producido cambios en las últimas fechas es Cuba, en parte por el acercamiento diplomático con Estados Unidos. ¿Qué te sugiere el nuevo escenario?
Creo que Estados Unidos se ha dado cuenta que 50 años de bloqueo a Cuba no conducen a ninguna parte, salvo a un enfrentamiento donde llevan las de perder siempre. La posición de Estados Unidos se ha debilitado en América Latina. Así, el surgimiento de la CELAC, UNASUR, el ALBA o MERCOSUR implica un desarrollo de soberanía latinoamericana sin la presencia de estados Unidos y Canadá. Por otro lado, la segunda y tercera generación de exiliados cubanos en Miami, están abiertos a un diálogo y negociación con el gobierno cubano, a diferencia de los primeros exiliados fundamentalistas, que han perdido el protagonismo que tuvieron como lobby. Ahora bien, las leyes Torricelli y Helms-Burton continúan presentes, al igual que el bloqueo, la estrangulación económica o la expulsión de la OEA. A pesar de todo, la revolución se mantiene en pie, digna, dando muestras de vitalidad y de legitimidad. Creo que estamos ante un punto de inflexión y cambios. El bloqueo y las leyes citadas tendrían que desaparecer, porque no tienen sentido en el actual contexto y en ello consiste la negociación que facilite el retorno a unas relaciones diplomáticas normalizadas entre Cuba y Estados Unidos.
-¿Y en cuanto a los cambios en Cuba? ¿Qué opinas de los Lineamientos?
Cuba tendrá que desarrollar nuevas formas de participación ciudadana en el ámbito de los espacios públicos. Pero creo que ya lo está haciendo. Las medidas en torno a la nueva moneda, la compraventa de viviendas, la pequeña propiedad, los negocios familiares, la microempresa, etc. Me parece que hay elementos contradictorios, ahora bien, la dirigencia cubana ha sido siempre responsable, y ha sabido aceptar las críticas y reconocido sus errores, dentro del proyecto socialista martiano. Ése es un elemento que ha diferenciado a Cuba de los países del socialismo “realmente existente”. De hecho, si Cuba ha podido mantenerse es porque ha sabido asumir sus errores, rectificar y abrir espacios en el ámbito de la defensa de su propio proyecto.
-En un artículo publicado en La Jornada te centrabas en el neoliberalismo como sistema de dominio cultural. ¿Consideras que ha habido avances en América Latina para la construcción de un imaginario alternativo?
Yo hablaría de gobiernos de izquierda (Venezuela, Bolivia o Ecuador) y de gobiernos progresistas dentro del neoliberalismo (Brasil, Argentina o Chile). En sólo tres países (si exceptuamos a Cuba, que ha armado un proyecto político distinto), Venezuela, Bolivia y Ecuador, tenemos procesos constituyentes, es decir, una refundación del Estado y de la nación, que incluye mecanismos de rearticulación del poder político. En el resto no tenemos nuevas constituciones (el texto constitucional vigente en Chile, es el aprobado por Pinochet en 1980). Las reformas constitucionales que se hicieron en América Latina fueron para avalar el neoliberalismo. Se dieron con Cardoso (Brasil), Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera (Venezuela), Alan García (Perú) y también en México con Carlos Salinas de Gortari, sin ir más lejos. Estos casos difieren de las propuestas constituyentes en Venezuela, Bolivia o Ecuador. Ésta es la razón por la que Bolivia no se denomina “República de Bolivia”, sino “Estado Plurinacional de Bolivia” y Venezuela, República Bolivariana de Venezuela. . Así pues, los procesos constituyentes conllevan un nuevo pacto social que se define por la lucha contra el neoliberalismo. Hacer reformas constitucionales dentro del neoliberalismo para gestionarlo es diferente. Aunque ello no significa que las formas de ejercer el neoliberalismo sean idénticas si gobiernan las derechas tradicionales o las socialdemocracias reformistas.
-Por último, ¿qué elementos definirían al neoliberalismo como sistema de dominación cultural e ideológica?
El neoliberalismo surge a partir de dos puntos clave que lo definen en los años 70: la despolitización y la desideologización. Los informes Crozier (para Europa) y Huntington (para América Latina) desarrollados por la Trilateral señalaban los riesgos de una sociedad politizada y activa en el ámbito de la toma de decisiones. Su conclusión fue clara, impide las reformas y genera conflictos. Por tanto, hay que despolitizar a la sociedad. De ese modo se crea la sustancia del neoliberalismo: el “yo”, por encima del “nosotros”. Se generaliza la idea de gobernabilidad, alternancia y buena gestión, unido a la crítica al estado del bienestar keynesiano. La despolitización y desideologización es un largo proceso que lleva décadas. Hoy vemos los resultados. El triunfo cultural del neoliberalismo. En el fondo genera la idea del esfuerzo personal, independiente, castrador, si fracaso es por mi culpa. El emprendedor de éxito, inclusive en la política. “Yo puedo”, pero siempre desde el “yo”, la suma de uno más uno, no la construcción alternativa de un proyecto democrático, colectivo. Así uno se autoexplota y deprime según triunfe o fracase. El neoliberalismo está inmerso en la lógica del individualismo más abyecto que renuncia a principios, valores éticos y dignidad. Por eso cuando se habla de Venezuela, se habla de socialismo como un proyecto de distribución y desarrollo humano no de gestionar mejor las frustraciones o deseos de éxito personal. Igual sucede con Bolivia o Ecuador y ahora esperemos que esta puerta se abra en otras partes del mundo. Ésa es la alternativa, la diferencia y el proyecto.
-Los analistas coinciden en que América Latina vive un periodo de recesión económica. ¿Qué influencia tiene en ello la evolución en los precios de las materias primas, un capítulo esencial en la economía de los países latinoamericanos?
Los precios de las materias primas en América Latina siempre han sido muy elásticos. Ésta es una de las características que afecta a los países primario-exportadores dentro de la división internacional del trabajo, la producción y los mercados. Por el contrario, los precios de los productos manufacturados suelen crecer de una manera constante. Son menos elásticos. Pero tal circunstancia no es una peculiaridad exclusiva del mundo actual. En Chile, a principios del siglo XX, cuando el nitrato dejó de ser un producto de primera necesidad en los mercados europeos, su economía se desmoronó. Con la producción del caucho en Manaos (Brasil) ocurrió lo mismo. Nuevos descubrimientos, nuevos productos y yacimientos generan los vaivenes de precios, condicionando a gobiernos, Estados y regímenes. En definitiva, se trata de una relación metrópoli-satélite, característica del desarrollo del capitalismo dependiente. América Latina produce materias primas y los países hegemónicos fabrican manufacturas. Ésa relación se ha mantenido hasta la actualidad.
-¿No aprecias ningún cambio desde la época del imperialismo colonial? ¿Pervive el modelo sin fisuras?
En líneas generales el modelo se mantiene. Pero el capitalismo del siglo XIX, y XX, no es el mismo que el del siglo XXI. La explotación de materias primas, la agroindustria, las transnacionales mantienen su poder. Ya no son solo los latifundistas latinoamericanos quienes producen, las alianzas con las grandes multinacionales de la alimentación, Monsanto, Nestlé, determinan el proceso productivo. Aunque se produce una combinación de procesos. En Guatemala, por ejemplo, son los terratenientes ganaderos quienes siguen controlando las exportaciones cárnicas en complicidad con las empresas estadounidenses de comida rápida. Igualmente, existe un proceso de “desnacionalización” de la actividad productiva, un desplazamiento de los grandes terratenientes en beneficio de las transnacionales. Este desplazamiento explica las luchas de movimientos como el MST en Brasil, el desarrollo de la Vía Campesina y las propuestas del EZLN en México. Recuperación de tierras, biodiversidad alimentaria y lucha contra los transgénicos y terratenientes.
-¿Qué implica la aparición de actores como China y Rusia, con quienes América Latina, dicho a grandes rasgos, ha estrechado relaciones económicas? ¿Altera en algo el modelo de intercambio centro-periferia que explicabas en torno a las materias primas?
América Latina ha sido siempre un continente apetecido por sus materias primas y eso tiene una doble lectura. Supone un mecanismo de desarrollo y por otro un problema ecológico en su explotación. Pero éste no es un debate nuevo. La gran pregunta a responder es: ¿Cómo y de qué manera nos industrializamos, rompemos la dependencia en el ámbito tecnológico, científico e impulsamos la transformación productiva en América Latina, para responder a los retos de la desigualdad, pobreza y la explotación capitalista? Resulta evidente que hay nuevos socios en la región, China y Rusia. Sus intereses económicos son claros, pero entre ellos no está la desestabilización política, derrocar regímenes o potenciar bloqueos en función de afinidades ideológicas. Son pragmáticos. En esos se diferencias de los imperialismos e imperios que han estado presentes en la región. Estados Unidos, Gran Bretaña y España. Las relaciones con China, Rusia y países asiáticos como India son completamente distintas. Sin dejar de ser unas relaciones comerciales regidas por el interés, hay un factor clave que los diferencia: el respeto a la soberanía nacional. Se trata de relaciones mucho más libres o, dicho de otro modo, entre iguales.
-En 2013 escribiste tu último libro: “Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de estado en América Latina”. ¿Ha quedado definitivamente superada esta fase? ¿Existe hoy un “golpismo” que se materializa con otros métodos?
Los golpes de estado en América Latina son algo recurrente. Después de la segunda guerra mundial –en el contexto de la “guerra fría”- se promovieron a través de las fuerzas armadas. Aplicando el concepto de “guerra total”, donde toda la población era un posible subversivo, un “enemigo interno”. Todo ello en una dinámica de lucha anticomunista, contra la “subversión” marxista. Esos eran los justificantes para romper la institucionalidad política de gobiernos de izquierda y progresistas y promover golpes de Estado. Guatemala contra Jacobo Arbenz (1954), o años más tarde la invasión a República Dominicana, Paraguay con Stroessner, Brasil de Goulart, Chile con Allende, Bolivia con Banzer o Argentina con Videla. El objetivo era revertir la orientación de un proyecto político nacional, antiimperialista, democrático y anticapitalista. Hoy, el proceso neoliberal neoliberalismo puede prescindir de las fuerzas armadas, como institución hegemónica, para cambiar la dirección de los proyectos democráticos, de liberación nacional. Desde ese punto de vista, podemos considerar como un golpe de estado, el cambio del artículo 135 de la constitución española. En América latina los ejemplos son variados. Los dos últimos, Honduras, Paraguay
-¿Constituirían otro ejemplo de este nuevo paradigma golpista, los movimientos de la oposición contra Chávez y Maduro en Venezuela?
En Venezuela la oposición está articulando un proceso de desestabilización para cambiar el estado de cosas. Y eso implica un golpe de Estado donde es necesario aunar todas las fuerzas, desde las militares hasta las empresariales, políticas e internacionales. El proceso se basa en una campaña internacional de desprestigio contra el gobierno de Venezuela, y la construcción de un imaginario político que equipara al país con una dictadura donde se violan las libertades y los derechos políticos. La campaña incorpora una política interna donde el desabastecimiento, el acaparamiento, el mercado negro, se sumen a una política de bloqueo y sedición. Todos forman parte de una estrategia. Ahora bien: ¿Cuál es el problema de la oposición? Que la lógica de la constitución venezolana de 1998, garantiza todos los derechos políticos y sociales, además de la libertades individuales. Y un hecho clave, en la revolución bolivariana las fuerzas armadas han tenido y tienen un protagonismo relevante. No están frente al pueblo, están con el pueblo. Aunque, insisto, hoy los golpes de estado se producen en un contexto diferente al de la guerra fría. Las fuerzas armadas, como institución encargada de revertir procesos democráticos y de emancipación ocupa un lugar secundario. las transnacionales, los organismos internacionales y el capital financiero puede hacer caer un gobierno sin necesidad de bombardear palacios presidenciales.
-¿Qué opinas de la discusión, que en cierto modo atraviesa el continente, entre quienes priman el desarrollo de un país (aunque ello implique la explotación poco respetuosa del medio natural) y quienes anteponen criterios conservacionistas?
Hablar de “desarrollismo” me parece no entender América Latina. La cuestión es: ¿Cómo salimos del “subdesarrollo” si contamos con riquezas básicas pero no las podemos explotar? El mundo tendrá que hacerse cargo, si quiere mantener esas reservas naturales, de una financiación alternativa. Lo contrario significa condenar a un país a no utilizar sus riquezas bajo la amenaza del desastre ecológico en el medio y largo plazo. Lo sucedido en ecuador con Chevron es clara demostración de dos modelos diferentes. El nacional y el que acaba con un desastre ecológico. A mi juicio, el debate no consiste en si se explotan o no los recursos y las riquezas naturales, sino las características de esa explotación, que, nos guste o no, permite solventar problemas de vivienda, educación y trabajo. El problema es, por tanto, cómo se articula una explotación coherente, racional y sostenible de los recursos naturales que no conlleve un desastre ecológico y permita compatibilizar los derechos de la naturaleza y de los pueblos. Por ejemplo los monocultivos no están en la naturaleza, son una invención de los seres humanos que han traído muchos problemas, enfermedades, epidemias, tierras agotadas, plagas, etc. Hay siempre una alteración del espacio natural.
-Acabas de impartir una conferencia sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Otro punto capital en la “agenda” mexicana son las reformas neoliberales de Peña Nieto. ¿Constituyen un punto de inflexión en la historia económica de México?
Las reformas neoliberales en México no son algo nuevo. Aparecen en la década de los 80 con el gobierno de Miguel de la Madrid, allí se introdujeron los primeros elementos de la reforma del estado. Desnacionalización, desregulación, flexibilidad laboral y políticas para pobres. En México se habló de liberalismo “social”, para hacerlo compatible con los principios de la revolución mexicana de 1910. Sin golpes de Estado como en el cono sur y sin los militares en primera línea. Pero mediante un férreo control del aparato estatal por parte del PRI (ello implicó además la expulsión de este partido de los sectores más nacionalistas). Podemos calificar las reformas del PRI como de “primera generación”, a las que han seguido las del PAN (de “segunda generación”). Entre ambos periodos, se produce el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994. Clave para entender los procesos de lucha contra el neoliberalismo y la articulación de una nueva propuesta constituyente. Es importante subrayar que con el gobierno de Calderón (PAN), entre 2006 y 2012, el poder político pierde fuerza en favor del narcotráfico. El proceso de reformas neoliberales se traduce, al final, en una pérdida de soberanía nacional, en una primacía del poder económico sobre el poder político, que queda sometido al anterior, y en la irrupción del crimen organizado como un agente no sólo político sino económico. Se generan, además, dinámicas que culminan en la “narcopolítica”. Las reformas de Peña Nieto (venta del sector petrolífero a las transnacionales o la irrupción de la agroindustria y los transgénicos) son la culminación de este proceso. Me refiero a los megaproyectos. Los crímenes de Ayoztinapa son expresión del poder del crimen organizado con la complicidad del poder político.
-Otro país en el que se han producido cambios en las últimas fechas es Cuba, en parte por el acercamiento diplomático con Estados Unidos. ¿Qué te sugiere el nuevo escenario?
Creo que Estados Unidos se ha dado cuenta que 50 años de bloqueo a Cuba no conducen a ninguna parte, salvo a un enfrentamiento donde llevan las de perder siempre. La posición de Estados Unidos se ha debilitado en América Latina. Así, el surgimiento de la CELAC, UNASUR, el ALBA o MERCOSUR implica un desarrollo de soberanía latinoamericana sin la presencia de estados Unidos y Canadá. Por otro lado, la segunda y tercera generación de exiliados cubanos en Miami, están abiertos a un diálogo y negociación con el gobierno cubano, a diferencia de los primeros exiliados fundamentalistas, que han perdido el protagonismo que tuvieron como lobby. Ahora bien, las leyes Torricelli y Helms-Burton continúan presentes, al igual que el bloqueo, la estrangulación económica o la expulsión de la OEA. A pesar de todo, la revolución se mantiene en pie, digna, dando muestras de vitalidad y de legitimidad. Creo que estamos ante un punto de inflexión y cambios. El bloqueo y las leyes citadas tendrían que desaparecer, porque no tienen sentido en el actual contexto y en ello consiste la negociación que facilite el retorno a unas relaciones diplomáticas normalizadas entre Cuba y Estados Unidos.
-¿Y en cuanto a los cambios en Cuba? ¿Qué opinas de los Lineamientos?
Cuba tendrá que desarrollar nuevas formas de participación ciudadana en el ámbito de los espacios públicos. Pero creo que ya lo está haciendo. Las medidas en torno a la nueva moneda, la compraventa de viviendas, la pequeña propiedad, los negocios familiares, la microempresa, etc. Me parece que hay elementos contradictorios, ahora bien, la dirigencia cubana ha sido siempre responsable, y ha sabido aceptar las críticas y reconocido sus errores, dentro del proyecto socialista martiano. Ése es un elemento que ha diferenciado a Cuba de los países del socialismo “realmente existente”. De hecho, si Cuba ha podido mantenerse es porque ha sabido asumir sus errores, rectificar y abrir espacios en el ámbito de la defensa de su propio proyecto.
-En un artículo publicado en La Jornada te centrabas en el neoliberalismo como sistema de dominio cultural. ¿Consideras que ha habido avances en América Latina para la construcción de un imaginario alternativo?
Yo hablaría de gobiernos de izquierda (Venezuela, Bolivia o Ecuador) y de gobiernos progresistas dentro del neoliberalismo (Brasil, Argentina o Chile). En sólo tres países (si exceptuamos a Cuba, que ha armado un proyecto político distinto), Venezuela, Bolivia y Ecuador, tenemos procesos constituyentes, es decir, una refundación del Estado y de la nación, que incluye mecanismos de rearticulación del poder político. En el resto no tenemos nuevas constituciones (el texto constitucional vigente en Chile, es el aprobado por Pinochet en 1980). Las reformas constitucionales que se hicieron en América Latina fueron para avalar el neoliberalismo. Se dieron con Cardoso (Brasil), Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera (Venezuela), Alan García (Perú) y también en México con Carlos Salinas de Gortari, sin ir más lejos. Estos casos difieren de las propuestas constituyentes en Venezuela, Bolivia o Ecuador. Ésta es la razón por la que Bolivia no se denomina “República de Bolivia”, sino “Estado Plurinacional de Bolivia” y Venezuela, República Bolivariana de Venezuela. . Así pues, los procesos constituyentes conllevan un nuevo pacto social que se define por la lucha contra el neoliberalismo. Hacer reformas constitucionales dentro del neoliberalismo para gestionarlo es diferente. Aunque ello no significa que las formas de ejercer el neoliberalismo sean idénticas si gobiernan las derechas tradicionales o las socialdemocracias reformistas.
-Por último, ¿qué elementos definirían al neoliberalismo como sistema de dominación cultural e ideológica?
El neoliberalismo surge a partir de dos puntos clave que lo definen en los años 70: la despolitización y la desideologización. Los informes Crozier (para Europa) y Huntington (para América Latina) desarrollados por la Trilateral señalaban los riesgos de una sociedad politizada y activa en el ámbito de la toma de decisiones. Su conclusión fue clara, impide las reformas y genera conflictos. Por tanto, hay que despolitizar a la sociedad. De ese modo se crea la sustancia del neoliberalismo: el “yo”, por encima del “nosotros”. Se generaliza la idea de gobernabilidad, alternancia y buena gestión, unido a la crítica al estado del bienestar keynesiano. La despolitización y desideologización es un largo proceso que lleva décadas. Hoy vemos los resultados. El triunfo cultural del neoliberalismo. En el fondo genera la idea del esfuerzo personal, independiente, castrador, si fracaso es por mi culpa. El emprendedor de éxito, inclusive en la política. “Yo puedo”, pero siempre desde el “yo”, la suma de uno más uno, no la construcción alternativa de un proyecto democrático, colectivo. Así uno se autoexplota y deprime según triunfe o fracase. El neoliberalismo está inmerso en la lógica del individualismo más abyecto que renuncia a principios, valores éticos y dignidad. Por eso cuando se habla de Venezuela, se habla de socialismo como un proyecto de distribución y desarrollo humano no de gestionar mejor las frustraciones o deseos de éxito personal. Igual sucede con Bolivia o Ecuador y ahora esperemos que esta puerta se abra en otras partes del mundo. Ésa es la alternativa, la diferencia y el proyecto.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Argentina oscilando entre la crisis de gobernabilidad y la dictadura mafios
Por: Jorge Beinstein 22/12/15
Ha sido señalado hasta el hartazgo que por primera vez en un siglo el 10 de Diciembre de 2015 la derecha llegó al gobierno sin ocultar su rostro, sin fraude, sin golpe militar, a través de elecciones supuestamente limpias, se trataría de un hecho novedoso.
Es necesario aclarar tres cosas:
En primer lugar resulta evidente que no se trató de “elecciones limpias” sino de un proceso asimétrico, completamente distorsionado por una manipulación mediática sin precedentes en Argentina activada desde hace varios años pero que finalmente derivó en un operativo muy sofisticado y abrumador. Consumada la operación electoral la presidenta saliente fue destituida unas pocas horas antes de la transmisión del mando presidencial mediante un golpe de estado “judicial” demostración de fuerza del poder real que establecía de ese modo un precedente importante, en realidad el primer paso del nuevo régimen.
Esto nos lleva a una segunda aclaración: el kirchnerismo no produjo transformaciones estructurales decisivas del sistema, introdujo reformas que incluyeron a vastos sectores de las clases bajas, reclamos populares insatisfechos (como el juzgamiento de protagonistas de la última dictadura militar), implementó una política internacional que distanció al país del sometimiento integral a los Estados Unidos y otras medidas que se superpusieron a estructuras y grupos de poder preexistentes. Pero no generó una avalancha plebeya capaz de neutralizar a las bases sociales de la derecha quebrando los pilares del sistema (sus aparatos judiciales, mediáticos, financieros, transnacionales, etc.) desarticulando la arremetida reaccionaria. La alternativa transformadora radicalizada estaba completamente fuera del libreto progresista, la astucia, el juego hábil y sus buenos resultados en el corto y hasta en el mediano plazo maravilló al kirchnerismo, lo llevó por un camino sinuoso, acumulando contradicciones marchando así hacia la derrota final. Nunca se propuso transgredir los límites del sistema, saltar por encima de la institucionalidad elitista-mafiosa de las camarillas judiciales apuntaladas por el partido mediático componentes de una lumpenburguesía que aprovechó el restablecimiento de la gobernabilidad post 2001-2002 para curar sus heridas, recuperar fuerzas y renovar su apetito.
Como era previsible las clases medias, grandes beneficiarias de la prosperidad económica de los años del auge progresista, no se volcaron de manera agradecida hacia el kirchnerismo sino todo lo contrario, azuzadas por el poder mediático retomaron viejos prejuicios reaccionarios, su ascenso social reprodujo formas culturales latentes provenientes del viejo gorilismo, del desprecio a “la negrada” enlazando con la ola regional y occidental en curso de aproximaciones clasemedieras al neofascismo. No se trató entonces de una simple manipulación mediática manejada por un aparato comunicacional bien aceitado sino del aprovechamiento derechista de irracionalidades ancladas en los más profundo del alma del país burgués.
La tercera observación es que el fenómeno no es tan novedoso. Si bien es cierto que el proceso de manipulación electoral se inscribe en el marco del declive del progresismo latinoamericano y que fue realizado de manera impecable por especialistas de primer nivel seguramente monitoreados por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, no deberíamos olvidar que antes de la llegada del peronismo en 1945 la sociedad argentina había sido moldeada por cerca de un siglo de república oligárquica (que no fue abolida durante el período de gobiernos radicales entre 1916 y 1930) dejando huellas culturales e institucionales muy profundas atravesando las sucesivas transformaciones de las elites dominantes como una suerte de referencia mítica de una época donde supuestamente los de arriba mandaban mediante estructuras autoritarias estables. Constituye una curiosa casualidad cargada de simbolismo pero lo cierto es que fue el presidente “cautelar-instantáneo” Federico Pinedo impuesto por la mafia judicial el encargado de entregar el bastón presidencial a Macri. Federico Pinedo: nieto de Federico Pinedo, una de la figuras más representativas de la restauración oligárquica de los años 1930, bisnieto de Federico Pinedo Rubio intendente de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX y luego diputado nacional durante un prolongado período como representante del viejo partido conservador. Seguir la trayectoria de esa familia permite observar el ascenso y consolidación del país aristocrático colonial construido desde mediados del siglo XIX. El lejano descendiente de aquella oligarquía fue el encargado de entregar los atributos del mando presidencial a Mauricio Macri, por su parte heredero de un clan familiar mafioso de raiz italo-fascista[1], instaurador de un “gobierno de gerentes”. Los avatares de un golpe de estado instantáneo establecieron un simbólico lazo histórico entre la lumpenburguesía actual y la vieja casta oligárquica.
La crisis
El contexto económico internacional viene dado por una crisis deflacionaria motorizada por el desinfle de las grandes potencias económicas. Estados Unidos, la Unión Europea y Japón navegando entre el crecimiento anémico, el estancamiento y la recesión, China desacelerando su crecimiento y Brasil en recesión sobredeterminan una coyuntura marcada por el enfriamiento de la demanda global lo que deprime los precios de las materias primas y estanca o achica los mercados de productos industriales. En suma un panorama mundial negativo para un país como la Argentina principalmente exportador de materias primas y en menor escala de productos industriales de mediano-bajo nivel tecnológico.
Ante ese ciclo internacional adverso, desde el punto de vista teórico la economía Argentina para no caer en la recesión debería apoyarse cada vez más en la expansión y protección de su mercado interno, su tejido industrial, su autonomía financiera. Sin embargo el gobierno de Macri inicia su mandato haciendo todo lo contrario: achicando el mercado interno mediante la reducción drástica en términos reales de salarios y jubilaciones, aumentando el endeudamiento externo, desprotegiendo al grueso de la estructura industrial. A ello apuntan sus decisiones económicas iniciales como la megadevaluación, la eliminación o disminución de impuestos a las exportaciones, la suba de las tasas de interés, la liberalización de importaciones, y pronto la eliminación de subsidios a los servicios públicos con el consiguiente aumento de sus tarifas. Se trata de una gigantesca transferencia de ingresos hacia los grupos económicos más concentrados (grandes exportadores agrarios, empresas y especuladores financieros poseedores de fondos en dólares, etc.), de un saqueo descomunal que se irá prolongando en el tiempo al ritmo de las subas de precios, las depresiones salariales, las devaluaciones y los tarifazos. Crecerá la desocupación, la pobreza y la indigencia, la concentración de ingresos avanzará (ya está avanzando) rápidamente, el crecimiento económico nulo o negativo serán inevitables.
Según ciertos expertos estaríamos embarcados en una vorágine completamente irracional marcada por la declinación del grueso de la industria y la desintegración de la sociedad resultado de la aplicación ortodoxa de recetas neoliberales “equivocadas”. Pero el gobierno no se equivoca, actúa según la dinámica de una lumpenburguesía portadora de una racionalidad instrumental cuyo fin no es otro que el de la acumulación rápida de riquezas saqueando todo lo que se le cruza en el camino. La racionalidad de los bandidos dueños del poder no es la del desarrollo económico armonioso y general que anida en la cabeza de ciertos economistas.
Así es como hemos pasado de una versión suave de la política económica contra-cíclica (desde el punto de vista de la tendencia de la economía global) a una política pro-cíclica que se incorpora con notable ferocidad a la degeneración general (financiera, institucional, ideológica, etc.) del mundo capitalista.
El progresismo gobernó entre 2003 y 2015 restableciendo la gobernabilidad del sistema, todo anduvo bien mientras la bestia lamía sus heridas en un contexto de relativa prosperidad recomponiéndose del terremoto de los años 2001-2002, pero desde 2008 las cosas fueron cambiando: el achatamiento del crecimiento económico exacerbó su voluntad por acaparar una porción mayor de la torta, en ese sentido el 10 de diciembre de 2015 puede ser visto como el punto de inflexión, como un salto cualitativo del poder draculiano de las elites dominantes inaugurando una etapa de decadencia de la sociedad argentina. Las fuerzas entrópicas, devastadoras, lograron imponer su dinámica.
Dos escenarios
Nos encontramos ante los primeros pasos de una aventura autoritaria de trayectoria incierta. No se trata de un hecho producto del azar sino del resultado de un prolongado proceso de maduración (degeneración) de las elites dominantes de Argentina convertidas en jaurías depredadoras coincidentes con el fenómeno global de financierización y decadencia. Basta con echarle una mirada al gobierno y sus respaldos donde sobreabundan personajes acusados de ser delincuentes financieros como Prat Gay, Melconian o Aranguren, o “padrinos” como Cristiano Rattazzi, Paolo Roca, Franco Macri (y su hijo-presidente) o de otros señalados como agentes de la CIA como Susana Malcorra o Patricia Bullrich[2], para percibir que la tragedia local no es más que un apéndice periférico de un capitalismo global embarcado en una loca carrera liderada por lobos de Wall Streeet, militares delirantes y políticos corruptos destruyendo países enteros, triturando instituciones, saqueando recursos naturales imponiendo un proceso de destrucción a escala planetaria.
La lumpenburguesía argentina, su articulación mafiosa en la cúpula del poder (empresario, judicial, mediático) y sus prolongaciones institucionales y abiertamente ilegales ha dejado de ser la fuerza dominante en las sombras, jaqueando, condicionando, bloqueando, imponiendo, para asumir abiertamente el gobierno. Esto puede ser atribuido a varios motivos entre otros a la inexistencia de un elenco de “políticos” con capacidad de decisión como para implementar el mega-saqueo en curso, entonces son los gerentes los que deben hacerse cargo de manera directa del Poder Ejecutivo, es decir “técnicos” completamente ajenos al embrollo electoral.
El nuevo esquema resulta sumamente eficaz a la hora de adoptar medidas contundentes contra la mayoría de la población pero aparece muy poco útil para amortiguar el inevitable descontento popular (incluido el de una porción significativa de incautos votantes de Macri). Las camarillas sindicales podrán durante un corto período generar inacción, algunos políticos provinciales empujarán en el mismos sentido, los medios masivos de comunicación buscarán distraer, confundir, justificar (ya lo están haciendo) intensificando la campaña de idiotización pero todo eso es insuficiente frente a la magnitud del desastre en curso.
Por otra parte el carácter lumpen, inestable del régimen macrista afectado por previsibles disputas internas, golpes financieros, turbulencias exógenas de todo tipo propias de un sistema global a la deriva y además (principalmente) presionado por una base social cuyo descontento irá ascendiendo como una avalancha gigantesca, va dejando al descubierto la única alternativa posible de gobernabilidad mafiosa.
Se trata de la formación de un sistema dictatorial con rostro civil y de configuración variable. Tiene claros antecedentes internacionales recientes, viene guiado por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos y se apoya en la llamada doctrina de la Guerra de Cuarta Generación cuyo objetivo central es la transformación de la sociedad objeto de ataque en una masa amorfa, degradada, acosada por erupciones “desprolijas” de violencia caótica y en consecuencia impotente ante el saqueo. Irak, Libia, Siria aparecen como experiencias de manual extremas y lejanas, por el contrario México o Guatemala son paradigmas latinoamericanos a tener en cuenta aunque la especificidad argentina aportará seguramente rasgos originales. Tenemos que pensar en una combinación pragmática de distintas dosis de represión directa “clásica”, judicialización de opositores sindicales, políticos, etc., bombardeo mediático (diversionista y/o demonizador), represión clandestina, incentivos a la rivalidades intrapopulares (cuanto más sanguinarias mejor), irrupción de bandas que aterrorizan a la población (como las “maras” en América Central o los batallones de narcos de México), fraudes electorales, etc. De ese modo Argentina entraría de lleno en el siglo XXI signado por el ascenso del capitalismo tanático.
Sin embargo esa estrategia no se puede instalar plenamente de un día para otro, requiere tiempo y una cierta pasividad inicial de las bases populares, además encontraría serias dificultades ante una sociedad compleja como la Argentina, con un amplio abanico de clases bajas y medias portadoras de culturas, capacidad de organización, de historias que desde la mirada superficial de los gerentes financieros y de los expertos en control social no aparecen como amenazas visibles (o aparecen como resistencias o nostalgias impotentes) pero que constituyen latencias, bombas de tiempo de enorme poder que pueden estallar en cualquier momento. Este desafío desde abajo converge con el temor de los de arriba a puebladas inmanejables conformando grandes interrogantes gelatinosos que generalizan la incertidumbre en las elites, deterioran su psicología.
La no viabilidad de ese escenario siniestro, su posible empantanamiento, dejaría abierto el espacio para el desarrollo de un segundo escenario: el de una crisis de gobernabilidad mucho más devastadora que la de 2001. En ese caso la fantasía elitista de la recomposición dictatorial-mafiosa del poder político no habría sido otra cosa que una ilusión burguesa acompañando al fin de la gobernabilidad, al comienzo de un período de alta turbulencia, de desintegración social de duración impredecible. El progresismo tan despreciado por las elites y sus preservativos de clase media habría sido un paraíso capitalista destruido por sus principales beneficiarios.
Como vemos el infierno mafioso no es inevitable aunque no deberíamos subestimar la capacidad operativa de sus ejecutores locales y su mega padrino imperial, los Estados Unidos están lanzados a la reconquista de su patio trasero latinoamericano.
¿Hacia dónde va esta historia?: la resistencia popular tiene la respuesta.
- Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires. jorgebeinstein@gmail.com
[1] Horacio Verbitsky, "A las Malvinas en subte. El rol de la P-2, los Macri, FIAT y TECHINT en la guerra de 1982", http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-190366-2012-03-25.html
[2] ARGENTINA: la nueva ministra de Exteriores pertenece a la CIA, según Diosdado Cabello.
- El presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, Diosdado Cabello, declaró que la canciller argentina, Susana Malcorra, pertenece a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA, por sus siglas en inglés). “Estuvo aquí, la recibí yo en mi oficina, es la CIA misma, se la nombraron de canciller al señor (Mauricio) Macri”, presidente electo de Argentina, subrayó Cabello en su programa semanal de los miércoles, transmitido por el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV).
- También Patricia Bullrich reporta a “la agencia” y probablemente lo hagan otros y otras, como Laura Alonso. El rumor que corre es que Macri prácticamente no conoce a Malcorra y que le fue impuesta telefónicamente por el Departamento de Estado.
- Pájaro Rojo, 11/12/2015, http://pajarorojo.com.ar/?p=20433
- See more at: http://www.alainet.org/es/articulo/174435#sthash.VRYPa5qM.dpuf
Por: Jorge Beinstein 22/12/15
Ha sido señalado hasta el hartazgo que por primera vez en un siglo el 10 de Diciembre de 2015 la derecha llegó al gobierno sin ocultar su rostro, sin fraude, sin golpe militar, a través de elecciones supuestamente limpias, se trataría de un hecho novedoso.
Es necesario aclarar tres cosas:
En primer lugar resulta evidente que no se trató de “elecciones limpias” sino de un proceso asimétrico, completamente distorsionado por una manipulación mediática sin precedentes en Argentina activada desde hace varios años pero que finalmente derivó en un operativo muy sofisticado y abrumador. Consumada la operación electoral la presidenta saliente fue destituida unas pocas horas antes de la transmisión del mando presidencial mediante un golpe de estado “judicial” demostración de fuerza del poder real que establecía de ese modo un precedente importante, en realidad el primer paso del nuevo régimen.
Esto nos lleva a una segunda aclaración: el kirchnerismo no produjo transformaciones estructurales decisivas del sistema, introdujo reformas que incluyeron a vastos sectores de las clases bajas, reclamos populares insatisfechos (como el juzgamiento de protagonistas de la última dictadura militar), implementó una política internacional que distanció al país del sometimiento integral a los Estados Unidos y otras medidas que se superpusieron a estructuras y grupos de poder preexistentes. Pero no generó una avalancha plebeya capaz de neutralizar a las bases sociales de la derecha quebrando los pilares del sistema (sus aparatos judiciales, mediáticos, financieros, transnacionales, etc.) desarticulando la arremetida reaccionaria. La alternativa transformadora radicalizada estaba completamente fuera del libreto progresista, la astucia, el juego hábil y sus buenos resultados en el corto y hasta en el mediano plazo maravilló al kirchnerismo, lo llevó por un camino sinuoso, acumulando contradicciones marchando así hacia la derrota final. Nunca se propuso transgredir los límites del sistema, saltar por encima de la institucionalidad elitista-mafiosa de las camarillas judiciales apuntaladas por el partido mediático componentes de una lumpenburguesía que aprovechó el restablecimiento de la gobernabilidad post 2001-2002 para curar sus heridas, recuperar fuerzas y renovar su apetito.
Como era previsible las clases medias, grandes beneficiarias de la prosperidad económica de los años del auge progresista, no se volcaron de manera agradecida hacia el kirchnerismo sino todo lo contrario, azuzadas por el poder mediático retomaron viejos prejuicios reaccionarios, su ascenso social reprodujo formas culturales latentes provenientes del viejo gorilismo, del desprecio a “la negrada” enlazando con la ola regional y occidental en curso de aproximaciones clasemedieras al neofascismo. No se trató entonces de una simple manipulación mediática manejada por un aparato comunicacional bien aceitado sino del aprovechamiento derechista de irracionalidades ancladas en los más profundo del alma del país burgués.
La tercera observación es que el fenómeno no es tan novedoso. Si bien es cierto que el proceso de manipulación electoral se inscribe en el marco del declive del progresismo latinoamericano y que fue realizado de manera impecable por especialistas de primer nivel seguramente monitoreados por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, no deberíamos olvidar que antes de la llegada del peronismo en 1945 la sociedad argentina había sido moldeada por cerca de un siglo de república oligárquica (que no fue abolida durante el período de gobiernos radicales entre 1916 y 1930) dejando huellas culturales e institucionales muy profundas atravesando las sucesivas transformaciones de las elites dominantes como una suerte de referencia mítica de una época donde supuestamente los de arriba mandaban mediante estructuras autoritarias estables. Constituye una curiosa casualidad cargada de simbolismo pero lo cierto es que fue el presidente “cautelar-instantáneo” Federico Pinedo impuesto por la mafia judicial el encargado de entregar el bastón presidencial a Macri. Federico Pinedo: nieto de Federico Pinedo, una de la figuras más representativas de la restauración oligárquica de los años 1930, bisnieto de Federico Pinedo Rubio intendente de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX y luego diputado nacional durante un prolongado período como representante del viejo partido conservador. Seguir la trayectoria de esa familia permite observar el ascenso y consolidación del país aristocrático colonial construido desde mediados del siglo XIX. El lejano descendiente de aquella oligarquía fue el encargado de entregar los atributos del mando presidencial a Mauricio Macri, por su parte heredero de un clan familiar mafioso de raiz italo-fascista[1], instaurador de un “gobierno de gerentes”. Los avatares de un golpe de estado instantáneo establecieron un simbólico lazo histórico entre la lumpenburguesía actual y la vieja casta oligárquica.
La crisis
El contexto económico internacional viene dado por una crisis deflacionaria motorizada por el desinfle de las grandes potencias económicas. Estados Unidos, la Unión Europea y Japón navegando entre el crecimiento anémico, el estancamiento y la recesión, China desacelerando su crecimiento y Brasil en recesión sobredeterminan una coyuntura marcada por el enfriamiento de la demanda global lo que deprime los precios de las materias primas y estanca o achica los mercados de productos industriales. En suma un panorama mundial negativo para un país como la Argentina principalmente exportador de materias primas y en menor escala de productos industriales de mediano-bajo nivel tecnológico.
Ante ese ciclo internacional adverso, desde el punto de vista teórico la economía Argentina para no caer en la recesión debería apoyarse cada vez más en la expansión y protección de su mercado interno, su tejido industrial, su autonomía financiera. Sin embargo el gobierno de Macri inicia su mandato haciendo todo lo contrario: achicando el mercado interno mediante la reducción drástica en términos reales de salarios y jubilaciones, aumentando el endeudamiento externo, desprotegiendo al grueso de la estructura industrial. A ello apuntan sus decisiones económicas iniciales como la megadevaluación, la eliminación o disminución de impuestos a las exportaciones, la suba de las tasas de interés, la liberalización de importaciones, y pronto la eliminación de subsidios a los servicios públicos con el consiguiente aumento de sus tarifas. Se trata de una gigantesca transferencia de ingresos hacia los grupos económicos más concentrados (grandes exportadores agrarios, empresas y especuladores financieros poseedores de fondos en dólares, etc.), de un saqueo descomunal que se irá prolongando en el tiempo al ritmo de las subas de precios, las depresiones salariales, las devaluaciones y los tarifazos. Crecerá la desocupación, la pobreza y la indigencia, la concentración de ingresos avanzará (ya está avanzando) rápidamente, el crecimiento económico nulo o negativo serán inevitables.
Según ciertos expertos estaríamos embarcados en una vorágine completamente irracional marcada por la declinación del grueso de la industria y la desintegración de la sociedad resultado de la aplicación ortodoxa de recetas neoliberales “equivocadas”. Pero el gobierno no se equivoca, actúa según la dinámica de una lumpenburguesía portadora de una racionalidad instrumental cuyo fin no es otro que el de la acumulación rápida de riquezas saqueando todo lo que se le cruza en el camino. La racionalidad de los bandidos dueños del poder no es la del desarrollo económico armonioso y general que anida en la cabeza de ciertos economistas.
Así es como hemos pasado de una versión suave de la política económica contra-cíclica (desde el punto de vista de la tendencia de la economía global) a una política pro-cíclica que se incorpora con notable ferocidad a la degeneración general (financiera, institucional, ideológica, etc.) del mundo capitalista.
El progresismo gobernó entre 2003 y 2015 restableciendo la gobernabilidad del sistema, todo anduvo bien mientras la bestia lamía sus heridas en un contexto de relativa prosperidad recomponiéndose del terremoto de los años 2001-2002, pero desde 2008 las cosas fueron cambiando: el achatamiento del crecimiento económico exacerbó su voluntad por acaparar una porción mayor de la torta, en ese sentido el 10 de diciembre de 2015 puede ser visto como el punto de inflexión, como un salto cualitativo del poder draculiano de las elites dominantes inaugurando una etapa de decadencia de la sociedad argentina. Las fuerzas entrópicas, devastadoras, lograron imponer su dinámica.
Dos escenarios
Nos encontramos ante los primeros pasos de una aventura autoritaria de trayectoria incierta. No se trata de un hecho producto del azar sino del resultado de un prolongado proceso de maduración (degeneración) de las elites dominantes de Argentina convertidas en jaurías depredadoras coincidentes con el fenómeno global de financierización y decadencia. Basta con echarle una mirada al gobierno y sus respaldos donde sobreabundan personajes acusados de ser delincuentes financieros como Prat Gay, Melconian o Aranguren, o “padrinos” como Cristiano Rattazzi, Paolo Roca, Franco Macri (y su hijo-presidente) o de otros señalados como agentes de la CIA como Susana Malcorra o Patricia Bullrich[2], para percibir que la tragedia local no es más que un apéndice periférico de un capitalismo global embarcado en una loca carrera liderada por lobos de Wall Streeet, militares delirantes y políticos corruptos destruyendo países enteros, triturando instituciones, saqueando recursos naturales imponiendo un proceso de destrucción a escala planetaria.
La lumpenburguesía argentina, su articulación mafiosa en la cúpula del poder (empresario, judicial, mediático) y sus prolongaciones institucionales y abiertamente ilegales ha dejado de ser la fuerza dominante en las sombras, jaqueando, condicionando, bloqueando, imponiendo, para asumir abiertamente el gobierno. Esto puede ser atribuido a varios motivos entre otros a la inexistencia de un elenco de “políticos” con capacidad de decisión como para implementar el mega-saqueo en curso, entonces son los gerentes los que deben hacerse cargo de manera directa del Poder Ejecutivo, es decir “técnicos” completamente ajenos al embrollo electoral.
El nuevo esquema resulta sumamente eficaz a la hora de adoptar medidas contundentes contra la mayoría de la población pero aparece muy poco útil para amortiguar el inevitable descontento popular (incluido el de una porción significativa de incautos votantes de Macri). Las camarillas sindicales podrán durante un corto período generar inacción, algunos políticos provinciales empujarán en el mismos sentido, los medios masivos de comunicación buscarán distraer, confundir, justificar (ya lo están haciendo) intensificando la campaña de idiotización pero todo eso es insuficiente frente a la magnitud del desastre en curso.
Por otra parte el carácter lumpen, inestable del régimen macrista afectado por previsibles disputas internas, golpes financieros, turbulencias exógenas de todo tipo propias de un sistema global a la deriva y además (principalmente) presionado por una base social cuyo descontento irá ascendiendo como una avalancha gigantesca, va dejando al descubierto la única alternativa posible de gobernabilidad mafiosa.
Se trata de la formación de un sistema dictatorial con rostro civil y de configuración variable. Tiene claros antecedentes internacionales recientes, viene guiado por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos y se apoya en la llamada doctrina de la Guerra de Cuarta Generación cuyo objetivo central es la transformación de la sociedad objeto de ataque en una masa amorfa, degradada, acosada por erupciones “desprolijas” de violencia caótica y en consecuencia impotente ante el saqueo. Irak, Libia, Siria aparecen como experiencias de manual extremas y lejanas, por el contrario México o Guatemala son paradigmas latinoamericanos a tener en cuenta aunque la especificidad argentina aportará seguramente rasgos originales. Tenemos que pensar en una combinación pragmática de distintas dosis de represión directa “clásica”, judicialización de opositores sindicales, políticos, etc., bombardeo mediático (diversionista y/o demonizador), represión clandestina, incentivos a la rivalidades intrapopulares (cuanto más sanguinarias mejor), irrupción de bandas que aterrorizan a la población (como las “maras” en América Central o los batallones de narcos de México), fraudes electorales, etc. De ese modo Argentina entraría de lleno en el siglo XXI signado por el ascenso del capitalismo tanático.
Sin embargo esa estrategia no se puede instalar plenamente de un día para otro, requiere tiempo y una cierta pasividad inicial de las bases populares, además encontraría serias dificultades ante una sociedad compleja como la Argentina, con un amplio abanico de clases bajas y medias portadoras de culturas, capacidad de organización, de historias que desde la mirada superficial de los gerentes financieros y de los expertos en control social no aparecen como amenazas visibles (o aparecen como resistencias o nostalgias impotentes) pero que constituyen latencias, bombas de tiempo de enorme poder que pueden estallar en cualquier momento. Este desafío desde abajo converge con el temor de los de arriba a puebladas inmanejables conformando grandes interrogantes gelatinosos que generalizan la incertidumbre en las elites, deterioran su psicología.
La no viabilidad de ese escenario siniestro, su posible empantanamiento, dejaría abierto el espacio para el desarrollo de un segundo escenario: el de una crisis de gobernabilidad mucho más devastadora que la de 2001. En ese caso la fantasía elitista de la recomposición dictatorial-mafiosa del poder político no habría sido otra cosa que una ilusión burguesa acompañando al fin de la gobernabilidad, al comienzo de un período de alta turbulencia, de desintegración social de duración impredecible. El progresismo tan despreciado por las elites y sus preservativos de clase media habría sido un paraíso capitalista destruido por sus principales beneficiarios.
Como vemos el infierno mafioso no es inevitable aunque no deberíamos subestimar la capacidad operativa de sus ejecutores locales y su mega padrino imperial, los Estados Unidos están lanzados a la reconquista de su patio trasero latinoamericano.
¿Hacia dónde va esta historia?: la resistencia popular tiene la respuesta.
- Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires. jorgebeinstein@gmail.com
[1] Horacio Verbitsky, "A las Malvinas en subte. El rol de la P-2, los Macri, FIAT y TECHINT en la guerra de 1982", http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-190366-2012-03-25.html
[2] ARGENTINA: la nueva ministra de Exteriores pertenece a la CIA, según Diosdado Cabello.
- El presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, Diosdado Cabello, declaró que la canciller argentina, Susana Malcorra, pertenece a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA, por sus siglas en inglés). “Estuvo aquí, la recibí yo en mi oficina, es la CIA misma, se la nombraron de canciller al señor (Mauricio) Macri”, presidente electo de Argentina, subrayó Cabello en su programa semanal de los miércoles, transmitido por el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV).
- También Patricia Bullrich reporta a “la agencia” y probablemente lo hagan otros y otras, como Laura Alonso. El rumor que corre es que Macri prácticamente no conoce a Malcorra y que le fue impuesta telefónicamente por el Departamento de Estado.
- Pájaro Rojo, 11/12/2015, http://pajarorojo.com.ar/?p=20433
____________________________________________________
¿Por qué América Latina gira a la derecha?
- Por Enrique Toussaint, analista político EL INFORMADOR.COM.MX Jalisco
Tras 15 años de predominio de la izquierda en la región, vemos los primeros signos del agotamiento de su proyecto político. La derecha comienza a recuperar posiciones en todos los países del subcontinente
GUADALAJARA, JALISCO (06/DIC/2015).- En Argentina, acaban 12 años de “kirchnerismo” en una apretada segunda vuelta. En Venezuela, Nicolás Maduro sostiene con pinzas lo que queda del legado de Hugo Chávez, entendiendo que las elecciones legislativas del día de hoy, pueden escribir su epitafio. En Brasil, el Partido de los Trabajadores, encabezado por la presidenta Dilma Rousseff, se encuentra salpicado por la corrupción y la presidenta tiene un nivel de aprobación del 10 por ciento. En Colombia, la izquierda partidista es marginal, y pierde hasta en ciudades tan emblemáticas como Bogotá. En Chile, Bachelet tuvo que cambiar a todo su gabinete para evitar una crisis política profundísima en su país. Y en México, la izquierda se sigue agarrando al carisma de un líder como Andrés Manuel López Obrador con dos derrotas electorales cargando sobre sus hombros.
En Guatemala, en ese pequeño país que juzgó y encarceló a su ex presidente por participar en casos de corrupción, fue electo presidente un comediante de derecha como Jimmy Morales. En Paraguay, no queda ni rastro de lo que fue el proyecto del sacerdote Fernando Lugo, y el Partido Colorado gobierna a sus anchas sin mayor amenaza. En Ecuador, Rafael Correa pierde la capital Quito ante la oposición, uno de los bastiones del oficialismo, y sigue en disputa con los movimientos ecologistas e indigenistas que lo tachan de autoritario. Sólo Bolivia con su proyecto nacional-indigenista, la socialdemocracia uruguaya con el Frente Amplio Progresista, y posiblemente el Perú de Ollanta Humala son gobiernos de izquierda estables y con niveles relativamente altos de aprobación. ¿Qué pasó en América Latina? ¿Qué pasó con aquellos años en donde el subcontinente marchaba hacia una inexorable convergencia de políticas de izquierda? ¿Qué explica el renacimiento de la derecha en el continente?
Diría que hay tres explicaciones para tratar de comprender el repliegue de la izquierda partidista en la región. La primera hipótesis: los gobiernos de izquierda llegaron con un proyecto de democratización, de inclusión y apertura política, que sirvió como excusa para arrasar con algunas libertades asociadas a los viejos regímenes. La segunda hipótesis: los gobiernos de izquierda no supieron manejar la economía y en cuanto el precio del petróleo y de los commodities empezó a bajar, los desbalances económicos fueron imposibles de esconder. El populismo económico los derrotó. Y una tercera, al igual que sus antecesores del periodo neoliberal, la corrupción carcomió las entrañas de sus gobiernos. Exploremos las tres explicaciones al mal momento que vive la izquierda latinoamericana.
¿Fracasaron en la democratización?Hablar en términos generales, de una región de más de 500 millones de habitantes nos puede llevar a arbitrariedades innegables. Sin embargo, sí podemos hablar de algunas tendencias. Tanto en Brasil, como en Venezuela, Argentina, Ecuador y hasta en Uruguay, la llegada de los gobiernos progresistas también significó la disputa por el concepto de democracia. Los gobiernos de izquierda se alejaron de la visión procedimental de la democracia, y buscaron abrazar una definición amplia de lo que significa la democracia. Para Chávez, Kirchner o “Lula”, democracia era también tener una vida digna, el combate a la desigualdad y la reducción de pobreza. Buscaron pasar de la democracia mínima, la de las instituciones y el voto, a la democracia social, la de la inclusión. El Latinobarómetro 2015 lo que nos dice es que Uruguay, Ecuador y Argentina, tres países gobernados por la izquierda, son los que tienen mayor satisfacción con la democracia. Venezuela, que solía aparecer con un buen apoyo de sus ciudadanos a la democracia durante los años de Chávez, hoy sólo 30% de sus ciudadanos están satisfechos con la democracia. México, gobernado por el PRI, es el país que presenta peor satisfacción con la democracia.
Y es que la mayoría de los gobiernos de la región, que tomaron una dirección de izquierda durante finales del siglo pasado, se enfrentaron a una realidad muy paradójica. Por un lado, todos los estudios dicen que los mecanismos de participación como la revocación de mandato, los plebiscitos o los constituyentes, en Ecuador, Bolivia, Venezuela o Argentina, permitieron que los ciudadanos de estos países se sintieran más incluidos en la toma de decisiones. Sin embargo, lo paradójico fue que esta ampliación de las libertades democráticas contrastó con regresiones muy claras en materia de división de poderes, respeto a la oposición, limpieza electoral y libertad de expresión. Tanto el chavismo, como el correísmo o incluso el kirchnerismo, no fueron capaces de acompañar su “segunda ola de reformas democráticas”, con las garantías mínimas de una democracia liberal: la libertad de expresión, de manifestación, de prensa. Al impulsar su “democracia popular” se llevaron entre las patas garantías mínimas que permiten que una democracia funcione, desde la autonomía del Poder Judicial hasta la independencia de los órganos encargados de arbitrar las elecciones o incluso la posibilidad de que exista una prensa libre que fiscalice a los políticos. El extremo de esta regresión autoritaria en algunas naciones latinoamericanas lo vemos en Venezuela con el encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López.
¿Populismo económico?La primera década del siglo XXI, fue de oro para América Latina. Habría que sacar a México, y a algunos países centroamericanos de esa categoría, pero lo innegable es que la región creció a una tasa acumulada de 4 puntos porcentuales. La década pérdida, la última del siglo XX, se recuperaba en pocos años, ya sea por el incremento del precio del petróleo, la manufactura o las exportaciones. América Latina fue, después del Este Asiático, la región del mundo con mayores tasas de crecimiento. Este repunte económico permitió, de acuerdo al Banco Mundial, que en el periodo de 2000 a 2012, la pobreza en América Latina, entendida como aquellos que ganan cuatro dólares o menos al día, cayera de 41 a 23 por ciento. Países como Venezuela redujeron la pobreza en 22 puntos; Bolivia en más de 30; Brasil en 14, y Argentina y Chile en poco más de dos dígitos.
Sin embargo, los buenos tiempos se fueron. La crisis de 2008-2009, la caída de los precios de los commodities y la debilidad del mercado de consumo en los países centrales, vulneraron la capacidad económica de los estados latinoamericanos. Se acabaron los crecimiento del 7, 8 o incluso 9%, ahora quedar por encima del cero, ya era en sí una buena noticia. Los estados se quedaron sin liquidez, las recaudaciones cayeron y ya no era posible blindar por completo la política social. Se acabó un ciclo, y la izquierda en el poder se quedó sin respuestas ante los nuevos retos. Apareció de nuevo, el nunca abandonado del todo, problema de la inflación. Venezuela y Argentina con tasas de crecimiento de los precios por encima del 20 por ciento. De la misma forma, los procesos de nacionalización de industrias golpearon el margen de maniobra de las autoridades políticas. Volvieron los fantasmas del populismo económico: la inflación, la terquedad de controlar el tipo de cambio, el exceso de gasto del Estado, y qué decir de las transferencias de los gobiernos a sus clientelas políticas. El modelo que dio mucho de sí durante una década parece agotarse y ni Maduro ni tampoco Correa o Rousseff saben cómo enderezar la nave.
¿La trampa de la corrupción?Alguna vez dijo Rafael Correa, que la izquierda llegaba a América Latina a terminar con “la larga noche neoliberal”. En aquellos años, que se extendieron desde la década de los noventas hasta inicios de este siglo, muchos latinoamericanos veían que sus élites políticas eran corruptas, que sacrificaban los intereses de las mayorías y que le entregaban el país al mejor postor trasnacional. Una dosis de nacionalismo y reivindicación de la soberanía, así como una apuesta por una conducción más estatista de la economía, permitió que las nuevas izquierdas latinoamericanas alcanzaran el poder en todos los países de América Latina, menos Colombia y México.
Sin embargo, la longevidad en los cargos provocó que se repitieran fenómenos de corrupción y sospechas que minaron la credibilidad de distintos gobiernos latinoamericanos. En Brasil, José Dirceu, el primer presidente de la democracia brasileña, llegó hasta la cárcel por el escándalo del “menselao”. En Venezuela, el régimen relajó sus anticuerpos para evitar la corrupción y, en paralelo con sus clientelas políticas, se malversaron recursos en todas las direcciones. Qué decimos de Ecuador y la opacidad de los proyectos energéticos, o las sospechas sobre el enriquecimiento de los Kirchner en Argentina. La corrupción, esa que tanto denunciaron los izquierdistas en la oposición, ahora les manchaba no las manos, sino todo el cuerpo. La regeneración duró un tiempo, pero la lógica de la política, y de ganar elecciones, llevó a que los gobiernos progresistas repitieran errores que juraron nunca cometer.
Es innegable que en América Latina hay un cambio de ciclo. Tras una década y media de predominio de las izquierdas en la región, en la actualidad vemos como las sociedades latinoamericanas ya no ven con tan malos ojos el retorno a proyectos políticos que privilegian el mercado, la libertad económica, el comercio y la desregulación financiera. Los años de la izquierda en el poder en América Latina, no son tan catastróficos como muchas veces se proyectan en algunos medios de comunicación. La región termina este ciclo con un promedio de crecimiento por encima de los 4 puntos porcentuales (2000-2014) y de acuerdo a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en el periodo de predominio de gobiernos de izquierda. También se redujo la concentración de la riqueza, aunque la desigualdad sigue siendo francamente insultante en América Latina. Estos avances en materia social contrastan con focos rojos que se han prendido en materia política como son la degradación de algunas libertades democráticas, como son la de expresión o la de manifestación, la erosión del marco institucional y los contrapesos democráticos en muchos países de la región, y sin olvidar la extrema dependencia de la mayoría de los estados latinoamericanos a la venta de materias primas al exterior. Vuelve la derecha latinoamericana tras más de 15 años de marginalidad, aunque su proyecto sigue siendo una incógnita.
En Guatemala, en ese pequeño país que juzgó y encarceló a su ex presidente por participar en casos de corrupción, fue electo presidente un comediante de derecha como Jimmy Morales. En Paraguay, no queda ni rastro de lo que fue el proyecto del sacerdote Fernando Lugo, y el Partido Colorado gobierna a sus anchas sin mayor amenaza. En Ecuador, Rafael Correa pierde la capital Quito ante la oposición, uno de los bastiones del oficialismo, y sigue en disputa con los movimientos ecologistas e indigenistas que lo tachan de autoritario. Sólo Bolivia con su proyecto nacional-indigenista, la socialdemocracia uruguaya con el Frente Amplio Progresista, y posiblemente el Perú de Ollanta Humala son gobiernos de izquierda estables y con niveles relativamente altos de aprobación. ¿Qué pasó en América Latina? ¿Qué pasó con aquellos años en donde el subcontinente marchaba hacia una inexorable convergencia de políticas de izquierda? ¿Qué explica el renacimiento de la derecha en el continente?
Diría que hay tres explicaciones para tratar de comprender el repliegue de la izquierda partidista en la región. La primera hipótesis: los gobiernos de izquierda llegaron con un proyecto de democratización, de inclusión y apertura política, que sirvió como excusa para arrasar con algunas libertades asociadas a los viejos regímenes. La segunda hipótesis: los gobiernos de izquierda no supieron manejar la economía y en cuanto el precio del petróleo y de los commodities empezó a bajar, los desbalances económicos fueron imposibles de esconder. El populismo económico los derrotó. Y una tercera, al igual que sus antecesores del periodo neoliberal, la corrupción carcomió las entrañas de sus gobiernos. Exploremos las tres explicaciones al mal momento que vive la izquierda latinoamericana.
¿Fracasaron en la democratización?Hablar en términos generales, de una región de más de 500 millones de habitantes nos puede llevar a arbitrariedades innegables. Sin embargo, sí podemos hablar de algunas tendencias. Tanto en Brasil, como en Venezuela, Argentina, Ecuador y hasta en Uruguay, la llegada de los gobiernos progresistas también significó la disputa por el concepto de democracia. Los gobiernos de izquierda se alejaron de la visión procedimental de la democracia, y buscaron abrazar una definición amplia de lo que significa la democracia. Para Chávez, Kirchner o “Lula”, democracia era también tener una vida digna, el combate a la desigualdad y la reducción de pobreza. Buscaron pasar de la democracia mínima, la de las instituciones y el voto, a la democracia social, la de la inclusión. El Latinobarómetro 2015 lo que nos dice es que Uruguay, Ecuador y Argentina, tres países gobernados por la izquierda, son los que tienen mayor satisfacción con la democracia. Venezuela, que solía aparecer con un buen apoyo de sus ciudadanos a la democracia durante los años de Chávez, hoy sólo 30% de sus ciudadanos están satisfechos con la democracia. México, gobernado por el PRI, es el país que presenta peor satisfacción con la democracia.
Y es que la mayoría de los gobiernos de la región, que tomaron una dirección de izquierda durante finales del siglo pasado, se enfrentaron a una realidad muy paradójica. Por un lado, todos los estudios dicen que los mecanismos de participación como la revocación de mandato, los plebiscitos o los constituyentes, en Ecuador, Bolivia, Venezuela o Argentina, permitieron que los ciudadanos de estos países se sintieran más incluidos en la toma de decisiones. Sin embargo, lo paradójico fue que esta ampliación de las libertades democráticas contrastó con regresiones muy claras en materia de división de poderes, respeto a la oposición, limpieza electoral y libertad de expresión. Tanto el chavismo, como el correísmo o incluso el kirchnerismo, no fueron capaces de acompañar su “segunda ola de reformas democráticas”, con las garantías mínimas de una democracia liberal: la libertad de expresión, de manifestación, de prensa. Al impulsar su “democracia popular” se llevaron entre las patas garantías mínimas que permiten que una democracia funcione, desde la autonomía del Poder Judicial hasta la independencia de los órganos encargados de arbitrar las elecciones o incluso la posibilidad de que exista una prensa libre que fiscalice a los políticos. El extremo de esta regresión autoritaria en algunas naciones latinoamericanas lo vemos en Venezuela con el encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López.
¿Populismo económico?La primera década del siglo XXI, fue de oro para América Latina. Habría que sacar a México, y a algunos países centroamericanos de esa categoría, pero lo innegable es que la región creció a una tasa acumulada de 4 puntos porcentuales. La década pérdida, la última del siglo XX, se recuperaba en pocos años, ya sea por el incremento del precio del petróleo, la manufactura o las exportaciones. América Latina fue, después del Este Asiático, la región del mundo con mayores tasas de crecimiento. Este repunte económico permitió, de acuerdo al Banco Mundial, que en el periodo de 2000 a 2012, la pobreza en América Latina, entendida como aquellos que ganan cuatro dólares o menos al día, cayera de 41 a 23 por ciento. Países como Venezuela redujeron la pobreza en 22 puntos; Bolivia en más de 30; Brasil en 14, y Argentina y Chile en poco más de dos dígitos.
Sin embargo, los buenos tiempos se fueron. La crisis de 2008-2009, la caída de los precios de los commodities y la debilidad del mercado de consumo en los países centrales, vulneraron la capacidad económica de los estados latinoamericanos. Se acabaron los crecimiento del 7, 8 o incluso 9%, ahora quedar por encima del cero, ya era en sí una buena noticia. Los estados se quedaron sin liquidez, las recaudaciones cayeron y ya no era posible blindar por completo la política social. Se acabó un ciclo, y la izquierda en el poder se quedó sin respuestas ante los nuevos retos. Apareció de nuevo, el nunca abandonado del todo, problema de la inflación. Venezuela y Argentina con tasas de crecimiento de los precios por encima del 20 por ciento. De la misma forma, los procesos de nacionalización de industrias golpearon el margen de maniobra de las autoridades políticas. Volvieron los fantasmas del populismo económico: la inflación, la terquedad de controlar el tipo de cambio, el exceso de gasto del Estado, y qué decir de las transferencias de los gobiernos a sus clientelas políticas. El modelo que dio mucho de sí durante una década parece agotarse y ni Maduro ni tampoco Correa o Rousseff saben cómo enderezar la nave.
¿La trampa de la corrupción?Alguna vez dijo Rafael Correa, que la izquierda llegaba a América Latina a terminar con “la larga noche neoliberal”. En aquellos años, que se extendieron desde la década de los noventas hasta inicios de este siglo, muchos latinoamericanos veían que sus élites políticas eran corruptas, que sacrificaban los intereses de las mayorías y que le entregaban el país al mejor postor trasnacional. Una dosis de nacionalismo y reivindicación de la soberanía, así como una apuesta por una conducción más estatista de la economía, permitió que las nuevas izquierdas latinoamericanas alcanzaran el poder en todos los países de América Latina, menos Colombia y México.
Sin embargo, la longevidad en los cargos provocó que se repitieran fenómenos de corrupción y sospechas que minaron la credibilidad de distintos gobiernos latinoamericanos. En Brasil, José Dirceu, el primer presidente de la democracia brasileña, llegó hasta la cárcel por el escándalo del “menselao”. En Venezuela, el régimen relajó sus anticuerpos para evitar la corrupción y, en paralelo con sus clientelas políticas, se malversaron recursos en todas las direcciones. Qué decimos de Ecuador y la opacidad de los proyectos energéticos, o las sospechas sobre el enriquecimiento de los Kirchner en Argentina. La corrupción, esa que tanto denunciaron los izquierdistas en la oposición, ahora les manchaba no las manos, sino todo el cuerpo. La regeneración duró un tiempo, pero la lógica de la política, y de ganar elecciones, llevó a que los gobiernos progresistas repitieran errores que juraron nunca cometer.
Es innegable que en América Latina hay un cambio de ciclo. Tras una década y media de predominio de las izquierdas en la región, en la actualidad vemos como las sociedades latinoamericanas ya no ven con tan malos ojos el retorno a proyectos políticos que privilegian el mercado, la libertad económica, el comercio y la desregulación financiera. Los años de la izquierda en el poder en América Latina, no son tan catastróficos como muchas veces se proyectan en algunos medios de comunicación. La región termina este ciclo con un promedio de crecimiento por encima de los 4 puntos porcentuales (2000-2014) y de acuerdo a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en el periodo de predominio de gobiernos de izquierda. También se redujo la concentración de la riqueza, aunque la desigualdad sigue siendo francamente insultante en América Latina. Estos avances en materia social contrastan con focos rojos que se han prendido en materia política como son la degradación de algunas libertades democráticas, como son la de expresión o la de manifestación, la erosión del marco institucional y los contrapesos democráticos en muchos países de la región, y sin olvidar la extrema dependencia de la mayoría de los estados latinoamericanos a la venta de materias primas al exterior. Vuelve la derecha latinoamericana tras más de 15 años de marginalidad, aunque su proyecto sigue siendo una incógnita.
0 comentarios: